lunes, 1 de febrero de 2016

1,210.40 Km: Sicilia se hunde y la pareja del quinto ha dejado de hablarse.


Donde no hay nubes Sicilia se hunde. El resto del iceberg que ya no se ve, pero que acecha. No soy parte de mí, ni del iceberg, ni de Sicilia.  Quizás solo sea parte de ti. Una fantasía más que acaba en tragedia. Una tragedia comercial,  ¿desde cuándo la tristeza es un producto más de Hollywood? ¿Desde cuándo hay protagonista en la historia?

Habitaciones de hoteles deshechas. Balcones a ninguna parte. Tazas de café que nunca son vaciadas del todo. La costa oeste donde ya no reside nadie. Siempre hay una carta de aviso, pero a veces no somos capaces de admitir las palabras escritas.

Mi obsesión con las diminutas motas de polvo, que brillan bajo la luz como si fueran luciérnagas, y con el lado opuesto de la cama. El despertador de la mañana que ya no suena, porque no hay nadie a quien despertar. Ya no hay caballeros que luchen contra molinos. Ni tumbas doradas donde yacen mariposas con nombres de reyes. Quizás ya no haya emperador, quizás nunca tuve corona, ni reino. Quedan las cornamentas enraizándose en nuestras manos, recordándonos quienes somos y donde quedaron nuestros sueños.

Solo retumban, en el cuarto donde descanso, canciones al revés, para recordarnos el pasado. Un pasado que ya no existe. Los dos amantes del quinto, arropados por el odio del uno hacia el otro. El odio hacia los días que no existen, aquellos que se olvidan a propósito. Horóscopo de nieve, frio en el salón. Suicida en el sexto.

Soy un productor de una historia de decadencia que habla sobre mí y sobre toda la gente que nunca existió en mi vida, aquella que canta. Soy un cadáver en el interior de un pastel de cumpleaños. Una grata sorpresa, una grata decepción. Soy un tragaperras que sonrisas doy y sonrisas quito, vida y desgracia que nunca vomito.  Soy el que observa las fotos enmarcadas que no significan nada. El reflejo de las catedrales en el Sena. El camino que nunca acaba entre todas las Iglesias. El caminante que cruza Vitoria buscando perder. Las ruinas que quedan en nuestras almas. Él que quiere dejar de ser la presa y rio a la vez.

Al final soy aquel que solo podía ver el mundo en sus ojos y que en el mundo podía ver sus ojos. Sicilia se hunde y el mar es demasiado inmenso. Ojalá un “Bienvenido a casa, mi cuerpo es tu hogar y mis costillas tu fortaleza”.  Que aunque los kilómetros  se cuenten con varios ceros, los pasos sean gigantes, y juntas estén nuestras puertas.



No hay comentarios:

Publicar un comentario